lunes, 27 de noviembre de 2017

EL DÍA DE LOS MAESTROS

Tal día como hoy, celebrándose en España el DÍA DEL MAESTRO, como docente no puedo dejar de felicitar a todos mis compañeros....

Todo reconocimiento es poco en los tiempos que nos toca vivir , tiempos en los que se ha perdido el valor de la cultura, el valor del esfuerzo, también  el valor de la palabra.... La autoridad también ha desaparecido, ya sea  simplemente como respeto,  en tantos ámbitos de  nuestra sociedad carente de muchos valores humanos....

Y aún así , seguimos trabajando con ahínco, con ilusión, con alma....

Loable, en este sentido, la cita de de  H. Adams : " Un profesor trabaja para la eternidad,  nadie puede predecir dónde acabará su influencia".

Mi mejor homenaje, este texto escrito en forma de nostálgico  recuerdo y con mucha admiración hacia los que fueron mis maestros, que dejaron su mejor huella humana en mí y que siguen siendo, en mis propias clases, un referente ineludible, inherente a mi tarea, una seña de identidad....


        

                                                         DON    VÍCTOR


                                                Un guante blanco . Un guante negro .


Entró en clase con la andadura elegante de siempre, esa elegancia que emana del porte natural y la sobriedad de un estilo muy personal. El profesor de la sonrisa perenne, aquel día, hizo su entrada con el talante serio, la zancada larga y firme que retumbaba sobre el suelo. Ademanes y compostura que se hicieron muy evidentes en una época en que, de forma natural, reinaba el silencio en clase, máxime cuando entraba el profesor en el aula. La mirada vivaz de siempre se había tornado incisiva y escrutaba ahora con el ceño fruncido los atónitos ojos de sus alumnas adolescentes que siempre esperaban ansiosas su llegada. Todas nosotras, sin excepción, nos sentíamos atrapadas por su presencia aún cuando fuimos agraciadas, bien lo creo, por un elenco de profesores cordiales y no por ello menos rigurosos, cuál de ellos más docto a la hora de enseñar. Otros alumnos corrieron peor suerte, todavía en aquellos últimos años del franquismo, pues la disciplina se ejercía con la violencia de la regla, el cachete o el pellizco, o la humillación frente a la pared. Y nuestro grupo estaba formado únicamente por chicas, nada de grupos mixtos pues los chicos, te decían, eran pecado, así mandaban los “santos” cánones de la escuela pública española de entonces, máxime cuando el crucifijo reinaba en la parte superior de la pizarra como si del frontispicio de un templo se tratase.
Don Víctor acaparaba nuestro máximo interés, la clase de Matemáticas creaba verdadera expectación y un silencio cómplice, especialmente atento, se producía con la salida del profesor que le precedía con la expectativa del siguiente acto... Espectadoras en espera de que se abriese el telón, su entrada por la puerta lateral auguraba una clase al margen del orden académico habitual. Y no es que ofreciese, digamos, una estelar actuación ; todo lo que nos ofrecía como espectáculo era bien sencillo pero era una clase atípica, original, creativa y desconcertante. A pesar de su natural elegancia, sus clases eran una auténtica pantomima, valga la paradoja y en el sentido más teatral de la palabra: desenfadado, entrecortaba sus explicaciones con muecas, chistes, refranes…Don Víctor infundía simpatía, comprensión y afecto.

Aquel día lo que nos impactó fue verlo entrar, de forma inusual, con ese porte serio y el semblante solemne mientras, sorprendente y misteriosamente, iba ataviado con un guante blanco en la mano derecha y un guante negro en la mano izquierda. Guantes de licra muy ajustados, aún los estoy viendo, como una prolongación natural del antebrazo. Y, por supuesto, no hizo el más mínimo comentario, como si dar la clase con ese atrezzo, fuese la cosa más obvia del mundo. No había entrado de forma desenfadada y sonriente como otras veces, ni había invitado de inmediato a alguna compañera a salir a la pizarra con una de sus réplicas: “Srta. Julia, el público espera fervientemente que suba Usted al escenario”. Ese día, inmóviles en nuestros pupitres y casi sin aliento , lo vimos avanzar hacia la mesa del profesor y quedamos en un expectante compás de espera....

Ya desde bien niña, en aquella otra escuela del pueblo, destartalada y vieja, a la que acudía con un babero de vichy, los mismos zapatitos de charol negro durante todo el curso que se agrietaban con el paso de las estaciones, una carterita de plástico con asa que contenía lapicero, libreta y aquel manual único, la “Enciclopedia”, que contenía todos los saberes, yo ya admiraba a mis maestros y ya deseaba ser de mayor como ellos. Comprensible es, pues, que, con los años, siguiera observando con detenimiento, curiosidad e interés a mis profesores. No se me pasó por alto, pues, aquella chispa especial de su mirada aquel día ni la de otras muchas otras miradas, pues siempre nos sorprendía y nos dedicaba un nuevo “ingenio”. Yo ya percibía por entonces que ese brillo de sus pupilas expresaba ese bienestar que el sentía y que quería crear e el aula; sin ninguna duda, puedo entender mejor que nunca, ahora que yo también “actúo ”ante mis alumnos, lo complacido que se sentía de hacernos vivir ciertas emociones, las cuales generaban complicidad, arrancaban nuestra risas y despertaban así nuestro interés hacia la materia.

Su puesta en escena , la habitual, la de cada día, era coger la tiza escrupulosamente entre el índice y el pulgar, como con cierto asco, estirando los otros dedos y haciendo exageradas muecas, sobreactuando como si esa barra blanca y polvorienta barra le produjera especial aprensión. Mantenía durante toda su exhibición ante la pizarra esa posición tensa de la mano, la pinza con los dos dedos sujetando la “ repulsiva” tiza pero el contraste era evidente pues la mueca de asco en el rostro, por un lado, chocaba con otra de placer mientras describía en ella, con un elegantísimo , lento y acompasado juego de la muñeca , la resolución de una ecuación matemática. La destreza de aquella mano , gesto ondulante como el de una bailarina , acompasada al ritmo de unas sencillas pero pormenorizadas explicaciones; el fulgor en la mirada como el mago que pretende captar la atención de su público cuando se giraba hacia sus alumnas; la voz cálida y dulce ; esa pose firme de un cuerpo ligeramente contorsionado y la sonrisa final…Era una auténtica actuación teatral.

Al terminar, depositaba con sumo cuidado la tiza sobre la mesa y se llevaba los dedos manchados hacia la proximidad de sus labios y ese hombre de talle alto y de ademanes muy masculinos, soplaba, sin embargo, con afectación, como con cierta feminidad, los restos del polvillo que le quedaba en las yemas de los dedos, y se las friccionaba para eliminar todo residuo de tiza. Vivíamos , cada día con un nuevo artificio, las Matemáticas como un espectáculo irresistible. Aquella capacidad de seducción producía cierto encantamiento y, ávidas de más y más ejercicios, deseábamos que la clase no terminase nunca.

El día en que entró en clase con un guante blanco y un guante negro, escribió en la pizarra sin tener que forzar la posición de los dedos; cogiendo la tiza con el guante blanco que había colocado intencionadamente en su mano derecha para no mancharse. Al terminar, el ritual de la limpieza al que nos tenía acostumbradas fue sustituido por la retirada cautelosa y pausada de los guantes, estirando cada puntita escrupulosamente como hacen los magos al terminar su actuación. Dotaba sus clases de una vertiente lúdica, inusual en aquellos tiempos de rigor y disciplina férrea. No en vano, no sólo era el más joven de todos nuestros profesores, próximos todos ellos a la jubilación – siendo así su trabajo actoral contrastaba sobremanera con el paternalismo con el que nos trataban los otros - sino que, además, había sido marinero antes que maestro y seguramente por ello, con su amplia apertura de miras, iba más ligero de equipaje , como decía Machado, que esos otros profesores educados en la vieja y ya obsoleta escuela tradicional. El relato de alguna anécdota o experiencia en alta mar de sus años de navegación le hacían más atractivo y su mirada, valga la doble acepción, se tornaba entonces más azul.

Su interpretación conllevaba igualmente un trabajo de lenguaje y sus divertidas coletillas han pasado a ser las mías. Lo hago no sólo como un homenaje, pues forman parte también de mi equipaje de mano, de mi experiencia de vida. Cuarenta años después, mis alumnos también se ríen “¡Qué más da que da lo mismo!” exclamaba, tal y como yo sigo exclamando ; ofrezco la misma respuesta desconcertante ante la pregunta del alumno que se queda igualmente atónito : “Ni sí ni no, sino todo lo contrario”; la aseveración ante lo obvio sigue viva en mis réplicas: “¡Elemental, querido Watson!”… Cuando hacíamos un repaso el día antes del examen , nos advertía y yo les doy la misma consigna: : “Mañana, ensayo general con vestuario”. O también, al igual que él , cuando alguna conducta o intervención han sido inadecuadas, invito a mis alumnos a una reflexión lanzando al aire este interrogante con una mirada penetrante : “ ¡Ay! ¿Por qué lo llaman el “sentido común” si es el menos común de todos los sentidos? “Y el silencio que se genera en la clase, en sí mismo, era y sigue siendo significativo…

Y todas las alumnas seguíamos a pies juntillas esas y todas sus instrucciones, sin cuestionarnos nada ni ofrecer la mínima resistencia, como hipnotizadas o rendidas ante sus encantos. Supo con mucha maestría, si se me permite la redundancia con el juego oportuno de palabras, ganarse la autoridad: era profesor, persona y personaje al mismo tiempo. Con su forma tan peculiar de enseñar “jugando” brotaba nuestra motivación, el deseo de aprender fluía de una forma natural. Y no por ello nos infundía menos respeto que el resto de profesores; despertaba en nosotras una mayor admiración. Logró generar, desde la alegría, la sonrisa, la afectividad así como esa permanente chispa de creatividad y de humor, un vínculo muy humano. Nos hizo realmente palpitar en el aula, “ sentir las Matemáticas”.

Si alguna vez nos encontraba más alteradas, la llegada de primavera y el consiguiente bullicio hormonal o las soporíferas tardes de junio, nos invitaba a relajarnos. La consigna era bien sencilla pues tal y como estábamos sentadas ante el pupitre, había que abandonarse: el cuerpo inclinado sobre la mesa, la cabeza apoyada sobre los brazos como para dormir pero había que hacer un ejercicio de escucha interior bien profunda para oír los latidos de nuestro corazón.


Corazón….Sin ninguna duda, don Víctor ponía mucho corazón en sus clases. Se le veía tan feliz de vernos felices. Le satisfacía, todo su rostro y esa imborrable sonrisa expresaban su complacencia. Aquella Educación General Básica dio lugar después a aquel otro Bachillerato Unificado Polivalente en el que cursamos tanto materias de Ciencias como de Letras. El colegio quedó atrás y don Víctor desapareció de mis pizarras y de mis años. En el instituto, aún siendo una alumna aplicada, mis notas de Matemáticas no fueron tan brillantes como lo habían sido en la etapa anterior. Aún así, tuve muy buenos profesores a quienes les debo buena parte de lo que soy, buena parte de lo mejor de mí, hay que puntualizar. Todavía recuerdo rostros, momentos, palabras….de muchos de ellos que han dejado una huella imborrable porque son parte de mi identidad.

Pero don Víctor…En mis momentos difíciles, don Víctor aún me alivia y me sigue diciendo: “Cuando uno cree que no puede más, siempre puede un poco más”…. Sí, a don Víctor lo “viví” de una manera muy especial….



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