domingo, 13 de agosto de 2017

LA  ESCRITURA

  • Adolfo Bioy Casares: “ Yo le aconsejaría a la gente que escribiera, porque es como agregar un cuarto a la casa de la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida (escribir), que es como recorrerla intensamente, duplicarla “.

    Cualquier idea, una simple idea puede convertirse en texto literario cuando, precisamente, la interiorzamos y le aportamos nuestro bagaje emocional, es decir, "cómo la sentimos o percibimos" .

Veamos el ejemplo de un texto que escribí hace unos años, cuando ya se aprecia el germen del deseo de pintar para captar el color de la vida  como un evidente rechazo al " mundanal gris".



 EL GRIS


Leí en cierta ocasión que toda historia tiene una parte de luz y otra de sombra. En la vertiente luminosa la naturaleza nos ofrece a través del arco iris un espectro de colores puros y brillantes que eclosionan a partir de un rayo de sol y nos evidencian la magia y el poder de la vida en el planeta. La paleta de pintura de la poesía amorosa elige para su vertiente de plenitud los azules del mar o del cielo para plasmar la dulzura del amor, el bienestar; los verdes del mundo vegetal simbolizan el anhelo, la ilusión o la esperanza; mientras el dorado evoca la tonalidad de nuestro astro solar para simbolizar el esplendor o la belleza; el rojo de la rosa expresa la más ardorosa pasión. Hasta los “no colores”, como el blanco y el negro, tienen connotaciones románticas, ya sea la melancólica luna, ya sea la misteriosa noche. ¿Y el gris? No está en la naturaleza.
El gris es existencial, invade una gran parte de nuestro tiempo actual. Hay días en que todo es gris y podríamos hablar hasta de una gama completa de matices que se superponen construyendo nuestra historia del día a día: las relaciones de pareja se enturbian, se vuelven difíciles, se rompen; en el trabajo se imponen la rutina, las dificultades, las rivalidades, la inseguridad; los amigos se apartan, confluyen intereses, nos distanciamos; los hijos te utilizan o te ignoran... La incomunicación, la competencia, el enfrentamiento, el fantasma del fracaso, el desengaño, la apatía... Finalmente, el silencio y la soledad... El reflejo plateado del espejo que reproduce nuestro tedio cotidiano.
Como si una atmósfera nebulosa y lluviosa nos envolviese, el gris parece calar a través de los poros de nuestra piel y tomar consistencia en el interior, se apodera de nuestro cuerpo y adormece nuestros sentidos. Los días intensamente grises, eso que llamamos comúnmente “estar mal”, tenemos la sensación de perder sensibilidad por cuanto nos rodea y ese manto tejido de angustias varias parece encapsularnos y alejarnos del mundo. Podríamos imaginar que se condensa en forma de componente orgánico, un líquido grisáceo que irrumpe en nuestras venas refrenando el flujo sanguíneo y reduciendo el pulso; que se acumula en la cabeza desencadenando una persistente migraña. Y así, esa presión plomiza repercute en la caída de los párpados, asoma en el rostro estampando la palidez y fija nuestros labios impidiendo la sonrisa. Seguramente interfiere en el funcionamiento de los músculos porque te sientes entumecido, sin fuerzas para moverte.

Pero el gris es también el asfalto y esas manchas de multitudes que se desplazan mecánica y rutinariamente del día a la noche por la ciudad. La arquitectura urbana hoy es policromada pero los edificios más austeros , supervivientes de una época no muy lejana , siguen imponiendo sus fachadas grises. Y las grandes ciudades aparecen cubiertas por una nube tóxica humeante...Contaminación instalada en las zonas urbanas e industriales, gases que envenenan nuestros pulmones y destruyen el límpido azul de la atmósfera. Los buques y aviones de guerra, el plomo de las balas, el metal armamentístico... son grises. La acumulación de gris crea los agujeros negros de la capa de ozono, los cráteres oscuros de las bombas, la oscuridad en nuestros corazones... Realmente, la tonalidad dominante en la existencia del hombre moderno se nutre de la sombra....

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