Tal día como hoy, celebrándose en España el DÍA DEL MAESTRO, como docente no puedo dejar de felicitar a todos mis compañeros....
Todo reconocimiento es poco en los tiempos que nos toca vivir , tiempos en los que se ha perdido el valor de la cultura, el valor del esfuerzo, también el valor de la palabra.... La autoridad también ha desaparecido, ya sea simplemente como respeto, en tantos ámbitos de nuestra sociedad carente de muchos valores humanos....
Y aún así , seguimos trabajando con ahínco, con ilusión, con alma....
Loable, en este sentido, la cita de de H. Adams : " Un profesor trabaja para la eternidad, nadie puede predecir dónde acabará su influencia".
Mi mejor homenaje, este texto escrito en forma de nostálgico recuerdo y con mucha admiración hacia los que fueron mis maestros, que dejaron su mejor huella humana en mí y que siguen siendo, en mis propias clases, un referente ineludible, inherente a mi tarea, una seña de identidad....
DON VÍCTOR
Un guante blanco .
Un guante negro .
Entró
en clase con la andadura elegante de siempre, esa elegancia que
emana del porte natural y la sobriedad de un estilo muy
personal. El profesor de la sonrisa perenne, aquel día, hizo su
entrada con el talante serio, la zancada larga y firme que retumbaba
sobre el suelo. Ademanes y compostura que se hicieron muy evidentes
en una época en que, de forma natural, reinaba el silencio en clase,
máxime cuando entraba el profesor en el aula. La mirada vivaz de
siempre se había tornado incisiva y escrutaba ahora con el ceño
fruncido los atónitos ojos de sus alumnas adolescentes que siempre
esperaban ansiosas su llegada. Todas nosotras, sin excepción, nos
sentíamos atrapadas por su presencia aún cuando fuimos agraciadas,
bien lo creo, por un elenco de profesores cordiales y no por ello
menos rigurosos, cuál de ellos más docto a la hora de enseñar.
Otros alumnos corrieron peor suerte, todavía en aquellos últimos
años del franquismo, pues la disciplina se ejercía con la violencia
de la regla, el cachete o el pellizco, o la humillación frente a la
pared. Y nuestro grupo estaba formado únicamente por chicas, nada
de grupos mixtos pues los chicos, te decían, eran pecado, así
mandaban los “santos” cánones de la escuela pública española
de entonces, máxime cuando el crucifijo reinaba en la parte superior
de la pizarra como si del frontispicio de un templo se tratase.
Don
Víctor acaparaba nuestro máximo interés, la clase de Matemáticas
creaba verdadera expectación y un silencio cómplice, especialmente
atento, se producía con la salida del profesor que le precedía con
la expectativa del siguiente acto... Espectadoras en espera de que se
abriese el telón, su entrada por la puerta lateral auguraba una
clase al margen del orden académico habitual. Y no es que
ofreciese, digamos, una estelar actuación ; todo lo que nos ofrecía
como espectáculo era bien sencillo pero era una clase atípica,
original, creativa y desconcertante. A pesar de su natural
elegancia, sus clases eran una auténtica pantomima, valga la
paradoja y en el sentido más teatral de la palabra: desenfadado,
entrecortaba sus explicaciones con muecas, chistes, refranes…Don
Víctor infundía simpatía, comprensión y afecto.
Aquel
día lo que nos impactó fue verlo entrar, de forma inusual, con ese
porte serio y el semblante solemne mientras, sorprendente y
misteriosamente, iba ataviado con un guante blanco en la mano derecha
y un guante negro en la mano izquierda. Guantes de licra muy
ajustados, aún los estoy viendo, como una prolongación natural del
antebrazo. Y, por supuesto, no hizo el más mínimo comentario, como
si dar la clase con ese atrezzo, fuese la cosa más obvia del mundo.
No había entrado de forma desenfadada y sonriente como otras veces,
ni había invitado de inmediato a alguna compañera a salir a la
pizarra con una de sus réplicas: “Srta. Julia, el público espera
fervientemente que suba Usted al escenario”. Ese día, inmóviles
en nuestros pupitres y casi sin aliento , lo vimos avanzar hacia la
mesa del profesor y quedamos en un expectante compás de espera....
Ya desde bien niña, en aquella otra escuela del pueblo, destartalada
y vieja, a la que acudía con un babero de vichy, los mismos
zapatitos de charol negro durante todo el curso que se agrietaban
con el paso de las estaciones, una carterita de plástico con asa que
contenía lapicero, libreta y aquel manual único, la
“Enciclopedia”, que contenía todos los saberes, yo ya admiraba a
mis maestros y ya deseaba
ser de mayor como
ellos. Comprensible es, pues, que, con los años, siguiera
observando con detenimiento, curiosidad e interés a mis profesores.
No se me pasó por alto, pues, aquella chispa especial de su mirada
aquel día ni la de otras muchas otras miradas, pues siempre nos
sorprendía y nos dedicaba un nuevo “ingenio”. Yo ya percibía
por entonces que ese brillo de sus pupilas expresaba ese bienestar
que el sentía y que quería crear e el aula; sin ninguna duda,
puedo entender mejor que nunca, ahora que yo también “actúo ”ante
mis alumnos, lo complacido que se sentía de hacernos vivir ciertas
emociones, las cuales generaban complicidad, arrancaban nuestra risas
y despertaban así nuestro interés hacia la materia.
Su
puesta en escena , la habitual, la de cada día, era coger la tiza
escrupulosamente entre el índice y el pulgar, como con cierto asco,
estirando los otros dedos y haciendo exageradas muecas,
sobreactuando como si esa barra blanca y polvorienta barra le
produjera especial aprensión. Mantenía durante toda su exhibición
ante la pizarra esa posición tensa de la mano, la pinza con los dos
dedos sujetando la “ repulsiva” tiza pero el contraste era
evidente pues la mueca de asco en el rostro, por un lado, chocaba con
otra de placer mientras describía en ella, con un elegantísimo ,
lento y acompasado juego de la muñeca , la resolución de una
ecuación matemática. La destreza de aquella mano , gesto ondulante
como el de una bailarina , acompasada al ritmo de unas sencillas pero
pormenorizadas explicaciones; el fulgor en la mirada como el mago
que pretende captar la atención de su público cuando se giraba
hacia sus alumnas; la voz cálida y dulce ; esa pose firme de un
cuerpo ligeramente contorsionado y la sonrisa final…Era una
auténtica actuación teatral.
Al
terminar, depositaba con sumo cuidado la tiza sobre la mesa y se
llevaba los dedos manchados hacia la proximidad de sus labios y ese
hombre de talle alto y de ademanes muy masculinos, soplaba, sin
embargo, con afectación, como con cierta feminidad, los restos del
polvillo que le quedaba en las yemas de los dedos, y se las
friccionaba para eliminar todo residuo de tiza. Vivíamos , cada día
con un nuevo artificio, las Matemáticas como un espectáculo
irresistible. Aquella capacidad de seducción producía cierto
encantamiento y, ávidas de más y más ejercicios, deseábamos que
la clase no terminase nunca.
El
día en que entró en clase con un guante blanco y un guante negro,
escribió en la pizarra sin tener que forzar la posición de los
dedos; cogiendo la tiza con el guante blanco que había colocado
intencionadamente en su mano derecha para no mancharse. Al terminar,
el ritual de la limpieza al que nos tenía acostumbradas fue
sustituido por la retirada cautelosa y pausada de los guantes,
estirando cada puntita escrupulosamente como hacen los magos al
terminar su actuación. Dotaba sus clases de una vertiente lúdica,
inusual en aquellos tiempos de rigor y disciplina férrea. No en
vano, no sólo era el más joven de todos nuestros profesores,
próximos todos ellos a la jubilación – siendo así su trabajo
actoral contrastaba sobremanera con el paternalismo con el que nos
trataban los otros - sino que, además, había sido marinero antes
que maestro y seguramente por ello, con su amplia apertura de miras,
iba más ligero de equipaje , como decía Machado, que esos
otros profesores educados en la vieja y ya obsoleta escuela
tradicional. El relato de alguna anécdota o experiencia en alta
mar de sus años de navegación le hacían más atractivo y su
mirada, valga la doble acepción, se tornaba entonces más azul.
Su
interpretación conllevaba igualmente un trabajo de lenguaje y sus
divertidas coletillas han pasado a ser las mías. Lo hago no sólo
como un homenaje, pues forman parte también de mi equipaje de mano,
de mi experiencia de vida. Cuarenta años después, mis alumnos
también se ríen “¡Qué más da que da lo mismo!” exclamaba,
tal y como yo sigo exclamando ; ofrezco la misma respuesta
desconcertante ante la pregunta del alumno que se queda igualmente
atónito : “Ni sí ni no, sino todo lo contrario”; la
aseveración ante lo obvio sigue viva en mis réplicas: “¡Elemental,
querido Watson!”… Cuando hacíamos un repaso el día antes del
examen , nos advertía y yo les doy la misma consigna: : “Mañana,
ensayo general con vestuario”. O también, al igual que él ,
cuando alguna conducta o intervención han sido inadecuadas, invito a
mis alumnos a una reflexión lanzando al aire este interrogante con
una mirada penetrante : “ ¡Ay! ¿Por qué lo llaman el “sentido
común” si es el menos común de todos los sentidos? “Y el
silencio que se genera en la clase, en sí mismo, era y sigue siendo
significativo…
Y todas las alumnas seguíamos a pies juntillas esas y todas sus
instrucciones, sin cuestionarnos nada ni ofrecer la mínima
resistencia, como hipnotizadas o rendidas ante sus encantos. Supo
con mucha maestría, si se me permite la redundancia con el juego
oportuno de palabras, ganarse la autoridad: era profesor, persona y
personaje al mismo tiempo. Con su forma tan peculiar de enseñar
“jugando” brotaba nuestra motivación, el deseo de aprender fluía
de una forma natural. Y no por ello nos infundía menos respeto que
el resto de profesores; despertaba en nosotras una mayor admiración.
Logró generar, desde la alegría, la sonrisa, la afectividad así
como esa permanente chispa de creatividad y de humor, un vínculo muy
humano. Nos hizo realmente palpitar en el aula, “ sentir las
Matemáticas”.
Si
alguna vez nos encontraba más alteradas, la llegada de primavera y
el consiguiente bullicio hormonal o las soporíferas tardes de junio,
nos invitaba a relajarnos. La consigna era bien sencilla pues tal y
como estábamos sentadas ante el pupitre, había que abandonarse: el
cuerpo inclinado sobre la mesa, la cabeza apoyada sobre los brazos
como para dormir pero había que hacer un ejercicio de escucha
interior bien profunda para oír los latidos de nuestro corazón.
Corazón….Sin
ninguna duda, don Víctor ponía mucho corazón en sus clases. Se le
veía tan feliz de vernos felices. Le satisfacía, todo su rostro y
esa imborrable sonrisa expresaban su complacencia. Aquella Educación
General Básica dio lugar después a aquel otro Bachillerato
Unificado Polivalente en el que cursamos tanto materias de Ciencias
como de Letras. El colegio quedó atrás y don Víctor desapareció
de mis pizarras y de mis años. En el instituto, aún siendo una
alumna aplicada, mis notas de Matemáticas no fueron tan brillantes
como lo habían sido en la etapa anterior. Aún así, tuve muy
buenos profesores a quienes les debo buena parte de lo que soy, buena
parte de lo mejor de mí, hay que puntualizar. Todavía recuerdo
rostros, momentos, palabras….de muchos de ellos que han dejado una
huella imborrable porque son parte de mi identidad.
Pero
don Víctor…En mis momentos difíciles, don Víctor aún me alivia
y me sigue diciendo: “Cuando uno cree que no puede más, siempre
puede un poco más”…. Sí, a don Víctor lo “viví” de una
manera muy especial….